Por: @Yrmana en Twitter / @yrmanaalmarza en Instagram
Soy mamá. Tengo muchos títulos académicos
pero soy mamá de dos chicas menores de cinco años que como la mayoría desde el
año pasado dejaron de ir a la escuela para recibir a la escuela en la casa, a
través de una pantalla y este año seguimos igual.
Las clases virtuales son el nuevo ejercicio
académico en todos los niveles educativos. Un microbio produjo esta hecatombe. Todos
los maestros se acostaron a dormir y se levantaron con la noticia de no poder
volver a sentarse en su silla, a trabajar en su escritorio, a escribir en su
pizarrón, a caminar por los pasillos que dejan sus pupitres y mesas; despertaron
y se encontraron con que perdieron un pedazo de su vida.
Los alumnos también perdieron. Aunque
muchos al inicio celebraron no ir a la escuela, muchos de ellos hoy quieren
volver a ese espacio donde no sólo su pensamiento es libre sino también su
alma. La realidad sacudió a maestros y estudiantes y así, la salvadora
educación se abrazó con fuerza a una de sus herramientas poco valorada pero
presente en el sector desde la invención de la computadora: La Telemática.
La Telemática salvó el año escolar, pero ¿por
qué no salvó a los maestros y a los estudiantes? ¿Por qué a pesar de las clases
virtuales y los dispositivos sentimos que no aprendimos en el caso de los
alumnos y sentimos que no enseñamos bien en el caso de los maestros? ¿Por qué
decimos que las clases virtuales no son iguales, por qué decimos no son lo
mismo? ¿Cómo deben ser estas clases entonces?
Me nutro de quienes llevan tiempo enseñando
a distancia pero sobre todo, de quienes entienden más este proceso humano por
el que estamos pasando y nos regalan sus experiencias. Jesús Piña es uno de
ellos, educador mexicano que como buen maestro nos está enseñando desde su
vivencia, lo que aquí se conoce como buenas prácticas en esta nueva verdad
educativa: la virtualidad.
Materia obligada para todo maestro que está
transitando por este nuevo camino es volver a mirar la esencia del hecho
educativo: educar es un acto humano y que se hace en comunión entre el maestro
y su o sus alumnos. La educación está viva, tan viva como respiran maestros y
estudiantes por eso se necesita de conocer a los alumnos pero también se
necesita de conocer al profesor.
Hasta el año pasado nosotros entendíamos el
conocernos como un acto cara a cara. Hoy conocernos ya no requiere de presencia
física pero igual debemos hacerlo. ¿Y cómo lo hacemos? Utilizando esa enorme
flexibilidad cognitiva, nuestra máxima flexibilidad mental y nuestra
inagotable, como debe ser, disposición a entender los cambios de nuestro entorno
y la aceptación de cambiar como personas con nuestro entorno para seguir siendo
maestros.
En la nueva era de la educación maestros y
alumnos debemos aprender pero es a nosotros, los educadores a quienes se nos
ven las costuras porque nuestros alumnos son nativos tecnológicos mientras que
la gran mayoría de nosotros no sabemos lo que es recibir una clase virtual
porque nosotros no nos educamos ni ganamos nuestra experiencia ni nos
desarrollamos profesionalmente en este sistema. A los maestros nos cambiaron el
método, sí, pero lo que nunca logrará el método cambiar es nuestra presencia.
El maestro siempre estará, sólo que ahora queridos colegas, debemos aprender
cómo estar presentes de forma inmaterial.
Nuestros estudiantes nos llevan una gran
ventaja en el uso de la telemática, las TIC y el manejo de aplicaciones y de todos
los dispositivos actuales y los por venir: ellos son como ya dije, nativos
digitales. Los maestros hoy se dividen en los jóvenes educadores que manejan
herramientas digitales pero no se formaron en la escuela virtual mas sin
embargo entienden mucho mejor que aquellos maestros menos jóvenes y que
aquellos que están a la espera o se acercan a la jubilación, que en este nuevo
hecho educativo, el profesor debe conectarse con sus alumnos.
El maestro tiene que hacer click y no es
click al botón de la computadora, al mouse o la pantalla táctil de su teléfono
inteligente o de su tablet… El maestro tiene que hacer click con sus
estudiantes para sacar lo mejor de ellos y seguir inspirándolos. La telemática
nos da los vehículos, el Internet nos da la gasolina pero nada de eso sirve si
no hay quién maneje: esta nueva era no sustituye al maestro pero esta nueva era
nos obliga a crear con nuestros alumnos, en la distancia, un ambiente que
favorezca y estimule las ganas de aprender que nuestros muchachos tengan con
nosotros.
Nada logramos con tener chicos frente a una
pantalla tres, cuatro o más horas sino le brindamos el calor de la humanidad
magistral. Si como maestros no entendemos que hoy debemos ser más cercanos que
nunca con los alumnos, al final de este año sentiremos lo mismo, que no
enseñamos igual, que no se aprendió, porque en esta realidad virtual el
protagonista no es el conocimiento, es el ser humano y la estimulación emocional
a las ganas de aprender, porque ya no estamos para decir "mira lo que yo
sé"; de lo que nosotros sabemos y más, está lleno el Internet. No en vano
hoy se dice en muchos espacios que para qué sirve un maestro.
Es un trabajo duro, nada fácil porque es
emocional sobre todo para los educadores. Hay que hacer un ejercicio de
reflexión interno muy profundo y muchas personas llevan años con una barrera
para proteger su corazón, sus sentimientos y el maestro no es la excepción. La
pandemia se llevó nuestra vida diaria, nuestra zona de confort y nos pegó
contra una pared y frente a una máquina.
Creer que vamos a dar clase de la misma
manera, con las mismas reglas es el error que se cometió el año pasado y que
muy probablemente se cometa este año. Creer que las dificultades técnicas son
unos de los problemas de la educación virtual es la muestra del nivel de
obnubilación que ciega a muchos de nuestros educadores hoy. Hay que conectar con nuestra esencia humana;
como maestros debemos conectar con nosotros mismos y vernos como en un espejo
para encontrar nuestra fuerza transformadora y abrir la puerta a ese nuevo
método de enseñanza que desde el corazón nos hará cercanos a nuestros chamos
porque hablar y hablar por una pantalla con los micrófonos cerrados a nuestros
alumnos no es enseñar, es el camino directo a la aburrición y a las ganas de no
volver a prender el transmisor digital.
Aprendamos a ser maestros digitales.
Tenemos la obligación de hacerlo porque no hay computadora, ni aplicación, ni
tablet o teléfono que nos reemplace. Vamos a demostrar por qué Internet jamás
educará. Bendiciones.
Yrmana Almarza
Periodista y educadora venezolana
@Yrmana en Twitter / @yrmanaalmarza en Instagram

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